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En enero del 2025, cuando casi nadie mencionaba a Gonzalo Castillo como una posible carta del PLD, yo planteé algo que muchos consideraron descabellado: en medio de la crisis más aguda que atravesaba el Partido de la Liberación Dominicana, el único dirigente con capacidad real de unificar, reconectar con la base y proyectar confianza hacia afuera era Gonzalo.
En ese momento se me satanizó. Sin embargo, el tiempo comenzó a colocar el debate en otra dimensión.
Hay que recordar el contexto. Tras la salida de la Fuerza del Pueblo y la fractura interna, el PLD quedó golpeado estructural y emocionalmente. Gonzalo asumió una candidatura que —y esto lo sostengo— no fue fruto de una ambición personal tradicional, sino de una coyuntura excepcional. Fue prácticamente un decreto político del momento histórico que vivía el partido.
A eso se sumó la pandemia, una campaña atípica, situaciones de salud complejas y una narrativa adversa. Aun así, el PLD obtuvo un 38% de los votos en 2020. Ese dato no es menor.
Más allá de los números, Gonzalo conserva algo que en política pesa mucho: empatía social. Su perfil de sencillez, humildad y cercanía; sumado a la gestión que desarrolló al frente del Ministerio de Obras Públicas, le permitió construir una percepción de respeto y confiabilidad tanto dentro como fuera del partido.
Hoy el escenario ha cambiado.
Sigo creyendo que, de ser Gonzalo el candidato presidencial del PLD, jugaría un papel importante en la recomposición interna del partido de la estrella morada. No necesariamente estoy diciendo que ganaría en 2028 —eso es otro análisis—, pero sí que podría iniciar un proceso serio de fortalecimiento y reunificación.
Incluso considero que la mayoría de los aspirantes internos terminarían unificándose alrededor de él. En el caso de Abel Martínez, aunque no se inscribió en determinado momento, no veo imposible un respaldo, sobre todo si se toma en cuenta la dinámica política del pasado cuatrienio.
Ahora bien, hay otro elemento estratégico: un PLD fortalecido con Gonzalo como candidato impactaría directamente en la Fuerza del Pueblo. Porque es una realidad política que ni el PLD ni la Fuerza del Pueblo ganan divididos. La fragmentación opositora beneficia al oficialismo.