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Los pueblos tienen memoria. La historia política de una nación no solo se escribe con leyes, decretos o discursos; también queda grabada en los gestos, las palabras y las posiciones que asumen sus líderes cuando les corresponde estar en la oposición y, más tarde, cuando les toca gobernar.
El 22 de febrero de 2020, a las 8:29 de la noche, miles de dominicanos hicieron sonar ollas, calderos y otros utensilios metálicos desde sus hogares en una protesta pacífica que pasó a la historia como el cacerolazo. Era la expresión de un pueblo que manifestaba su inconformidad con la situación que atravesaba el país y que reclamaba cambios.
Esa misma noche, el entonces candidato presidencial, Luis Abinader, publicó un mensaje en el que calificó aquella manifestación como «el más bello concierto de los últimos tiempos». Sus palabras fueron interpretadas como un respaldo al derecho de los ciudadanos a expresar su descontento mediante una protesta cívica y pacífica.
Seis años después, la historia parece recorrer el mismo camino.
Nuevamente, en distintos puntos del país, vuelven a escucharse las ollas y los calderos. Los instrumentos son los mismos. Los protagonistas también: ciudadanos que recurren a una forma de protesta pacífica para hacer sentir su voz. Lo único que ha cambiado es quién ocupa el poder.
Y es precisamente ahí donde surge una reflexión que trasciende la coyuntura política.¿Sigue siendo este el «más bello concierto de los últimos tiempos»? ¿O la belleza de ese concierto dependía únicamente de quién era el destinatario del reclamo?En democracia, el derecho a la protesta no puede medirse con una doble vara.
No debería ser celebrado cuando favorece una causa política y cuestionado cuando interpela a quienes hoy ejercen el poder. Los principios democráticos solo tienen verdadero valor cuando se aplican con la misma firmeza, sin importar quién gobierne.La sabiduría popular también ofrece enseñanzas oportunas. El refrán «El que a hierro mata, a hierro muere», inspirado en un pasaje bíblico, nos recuerda que las acciones suelen tener consecuencias y que las circunstancias de la vida pueden colocar a cualquiera en el lugar que antes ocupaba otro. De igual manera, otro dicho muy nuestro afirma que «una cosa es con guitarra y otra con violín», una expresión que retrata la diferencia entre criticar desde la oposición y enfrentar los desafíos de gobernar.Sin embargo, la dificultad de gobernar no exime del deber de ser coherente.
Quien defendió una forma de protesta cuando estaba fuera del poder tiene hoy la oportunidad de demostrar que ese respaldo respondía a un principio democrático y no únicamente a una conveniencia política.Los gobiernos cambian.Las oposiciones también. Lo que permanece es el pueblo dominicano, que trabaja, produce, paga impuestos, enfrenta dificultades y, cuando entiende que no está siendo escuchado, busca mecanismos pacíficos para expresar su sentir.Quizás por eso muchos esperan que, así como el 22 de febrero de 2020, a las 8:29 de la noche, hubo un mensaje celebrando aquel «más bello concierto», hoy también exista una reacción frente a un fenómeno similar. No para alimentar la confrontación política, sino para confirmar que la defensa del derecho ciudadano a protestar no depende del lugar desde donde se ejerza el poder.
Porque la democracia no se fortalece cuando se aplaude la protesta de los nuestros y se rechaza la de los demás.Se fortalece cuando se reconoce que la voz del pueblo merece ser escuchada siempre, aun cuando su melodía resulte incómoda para quienes gobiernan.
Al final, los instrumentos siguen siendo los mismos. Lo que cambia es quién está escuchando el concierto desde el Palacio Nacional.