Por Ana Jiménez, periodista
Una historia publicada por Diario Líder de Honduras me dejó pensando en nuestra República Dominicana.
Un padre hondureño pasó 30 años vendiendo huevos en un mercado para educar a sus tres hijos. Su sacrificio rindió frutos: logró formar a una abogada, un arquitecto y un ingeniero civil. Sin embargo, según relata la publicación, ninguno consiguió un empleo estable y los tres terminaron regresando al mercado para trabajar junto a su padre.
La historia conmueve, pero también obliga a preguntarnos: ¿qué tan lejos estamos de esa realidad en República Dominicana?
No mucho.
Aquí también vemos jóvenes que pasan cuatro, cinco y hasta seis años en una universidad, mientras sus padres hacen sacrificios enormes para pagar matrícula, transporte, libros y alimentación. Finalmente llega el esperado título, pero no necesariamente llega el empleo.
Tenemos abogados, ingenieros, comunicadores y profesionales de distintas áreas conduciendo vehículos de plataformas, haciendo delivery, trabajando en comercios o buscando cualquier actividad que les permita sobrevivir.
Y quiero dejar algo claro: ningún trabajo honrado es indigno. El problema no es conducir un vehículo, vender en un mercado o hacer una entrega. El problema es que un país invierta en formar profesionales y luego no tenga suficientes oportunidades para aprovechar ese conocimiento.
Las cifras nos obligan a prestar atención. La informalidad laboral dominicana se mantuvo alrededor del 54 % en 2025. Y en el primer trimestre de 2026, de 118,631 nuevos ocupados reportados, unos 98,127 correspondieron al sector informal. En otras palabras, aproximadamente 83 de cada 100 nuevos ocupados fueron informales.
Entonces no basta con celebrar que se crean empleos. Hay que preguntar: ¿qué empleos estamos creando, cuánto pagan y qué estabilidad ofrecen?
También debemos mirar hacia el Estado.
Durante décadas hemos visto cómo los puestos públicos pueden convertirse en parte del reparto político. Llegan los llamados “compañeros” y, en ocasiones, profesionales preparados y servidores con años de experiencia terminan bajo la dirección de personas cuya principal credencial parece ser su cercanía política.
Los partidos tienen derecho a gobernar con sus equipos, pero el Estado no puede convertirse en una agencia de empleos partidarios. Para dirigir una institución pública deben pesar la preparación, la experiencia, la capacidad y el mérito.
Pensemos igualmente en nuestros médicos. Son años de universidad, internado, servicio y luego la difícil competencia para acceder a una especialidad. Aunque se han producido aumentos salariales en el sector público, todavía tenemos que preguntarnos si las condiciones laborales y las oportunidades profesionales se corresponden con el sacrificio y la enorme responsabilidad que implica ejercer la medicina.
Y al final del camino aparece otro problema: la seguridad social y las pensiones.
¿Qué tranquilidad puede tener un trabajador si después de cotizar durante 30 o 40 años teme que su pensión no será suficiente para sostener una vida digna?
República Dominicana puede exhibir crecimiento económico y mejores indicadores de empleo, pero el desarrollo no puede quedarse en estadísticas. Tiene que llegar a la mesa, al salario, al empleo de calidad y a la seguridad de una vejez digna.
Durante generaciones les hemos dicho a nuestros hijos: “Estudia para que puedas echar hacia adelante”.
Debemos procurar que esa frase siga teniendo sentido.
Porque el drama de aquella familia hondureña no es vender huevos en un mercado. Ese es un trabajo tan digno como cualquier otro.
El verdadero drama es estudiar durante años, graduarse, tocar puertas y descubrir que el país no tiene una oportunidad para ti.
Cuando miles de jóvenes viven esa realidad, ya no estamos hablando del fracaso de una persona.
Estamos hablando de una deuda del país con sus profesionales.












