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Por Ana Jiménez | PeriodistaLa República Dominicana parece dormir un sueño profundo y peligroso.
Un letargo colectivo ante unsistema cada vez más controlado por intereses políticos y empresariales, donde el hambre, la salud yla educación han pasado a un segundo plano, y donde los derechos fundamentales se vulneran conuna normalidad alarmante.
Nuestra Constitución proclama principios nobles, pero en la práctica muchos dominicanos sienten quese ha convertido en un simple discurso decorativo, un pedazo de papel sin fuerza real frente a laimpunidad, la desigualdad y el abuso de poder.
La pregunta que se repite, sin encontrar respuesta, es inevitable: ¿qué futuro le espera a este país?¿Hacia dónde va esta isla promocionada internacionalmente como el paraíso del Caribe, mientras unagran parte de su población vive atrapada en una realidad marcada por la exclusión social y laconcentración de la riqueza en pocas manos?Cada sector parece luchar únicamente por sus propios intereses.
Los gremios profesionales—médicos, profesores y otros— reclaman con razón mejoras y reivindicaciones, pero casi siempredesde una óptica individual, sin articular una defensa sólida del bienestar colectivo.
Los empresarios,en muchos casos, continúan priorizando el lucro por encima de la dignidad humana.
Y los políticos,paradójicamente, sí logran unirse, pero solo cuando se trata de proteger privilegios y beneficiospersonales.Mientras tanto, el pueblo observa, aguanta y calla. Un pueblo cansado, desinformado o resignado,convertido en víctima recurrente de la manipulación y el engaño. La normalización del abuso ha sidoquizás la estrategia más efectiva del sistema: hacer creer que no hay alternativas, que protestar nosirve, que exigir derechos es perder el tiempo.
Lo más preocupante no es solo que el pueblo esté dormido, sino que no se perciban señales claras dedespertar. Sin conciencia ciudadana, sin participación activa y sin una verdadera exigencia derendición de cuentas, la democracia se debilita y el futuro se vuelve incierto.La República Dominicana no necesita más discursos ni promesas vacías. Necesita ciudadanosdespiertos, instituciones firmes y líderes comprometidos con el bien común. Porque ningún paísavanza cuando su gente duerme, y ningún paraíso puede sostenerse sobre la desigualdad y elsilencio.